
Después de unos fantásticos días en Gijón (ciudad inolvidable), y no poder acabar con la sidra de los playos, volvemos a casa.
La idea es hacer la ruta de una tirada. Las previsiones para el día de la salida
son de nordeste flojo, rolando a noroeste a medianoche.
La mañana despierta con un Sol radiante pero nada de viento. Espero hasta mediodía, pero nada. Aburrido, cargo gasolina a tope (22 l. del depósito y dos suplementos de 10 l. cada uno), y me marcho.
Una vez en la mar izo mayor y aunque hay un ligero nordeste de morro (f1-2, no más) navego a motor.
La verdad es que no tengo ninguna esperanza de que role el viento a medianoche, pero la ilusión no se pierde y quizás podría saltar el terral...
Al caer la noche, a la altura de Lastres me pilla otra tormenta con el aparato eléctrico un poco alejado pero lloviendo a tope. Me produce un viento de componente este y tengo que coger un rizo y ponerme a ceñir. Por fin
puedo apagar el motor.
La alegría me dura poco, pues el viento empieza a escasear. Así que pongo al Tohatsu a trabajar. Vamos siguiendo los faros y aunque la navegación electrónica les ha colocado en un segundo plano, hacen una compañía tremenda.
Entre cabezadas, las nubes empiezan a disiparse. Aparecen las fieles compañeras de viaje desde tiempos
inmemoriales. Un manto de estrellas empiezan a sustituir a las nubes.
Sin Luna, sin polución lumínica y después de una tormenta la transparencia atmosférica es magnífica.
Una estrella fugaz. Y otra y otra y otra...No me acordaba, son las Perseidas. Solo por esto, ha merecido la pena el viaje.
Amanece. No sé que tiene este momento, pero te insufla nuevas fuerzas.
Me desayuno unos crispis y una recarga de gasolina. Seguimos sin viento.
Hacia las doce tengo un poco de norte y dejo descansar al motor. Me arrastro a dos nudos y a las dos vuelvo con el infernal ruido.
Después de treinta horas de travesía atraco en Pedreña.
