
Al hilo de la vuelta de Humberto a su querida isla en el Pacifico, Tapana, me viene a la memoria aquella otra isla en la que pasé buenos momentos.
La Escondida, entre las Tonga y las Cook, 19 Sur, 169 Oeste. No existía en las cartas de navegación. Habitada por algunos piratas, aliados de los alemanes durante la Gran Guerra. Proporcionaban carbón a la flota de los prusianos en el Pacifico, con lo que al estallar la guerra intentaban conservar las lejanas posesiones de Guillermo II. Corto Maltés estuvo allí en 1914 y los lectores de Pratt navegamos por el más grande de todos los océanos, en las embarcaciones más frágiles que existen.


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